
Siete novilladas componían el ciclo de festejos menores en el abono sevillano. Han hecho el paseíllo un total de 18 novilleros; el balance, desolador: tres orejas de escaso fuste e idéntico número de percances.
Sólo se pueden recordar las dignas actuaciones, sustentadas en las ganas más que en las condiciones técnicas y artísticas, de dos jóvenes novilleros que, cuando menos, quisieron justificar su presencia en un coso de la proyección del maestrante: Ignacio González, de Córdoba, y Rafael Castellanos, de Campo de Criptana (Castilla La Mancha).
Lo demás, lamentablemente, es para olvidar cuanto antes. Pasan los años, siguen pasando generaciones de novilleros por Sevilla, continúan saliendo novillos más que aprovechables y el panorama, lejos de mejorar, se presenta cada vez más oscuro. Conformismo, escaso arrojo, dudas, falta de convicción en las propias posibilidades. Eso sí, todos salen muy bien vestidos y llegan y se van de la plaza en espectaculares coches de cuadrilla.
Lastimoso.


